CUANDO NUESTROS HIJOS NO SON PERFECTOS
Sería una maravilla si pudiéramos decir que cuando estamos en la obra del Señor, nuestros hijos automáticamente recibirían una «vacuna» contra el pecado de forma que serían hijos perfectos, ejemplares para siempre. Creo que todos anhelarían ser líderes para que al menos tuviesen hijos perfectos, ya que la vida es tan compleja y llena de curvas inesperadas.
Sabemos que tal vacuna no existe, pero muchos siguen esperando que los hijos de los sean el perfecto modelo, y cuando no lo son, el reproche es para el líder que no «sabe gobernar bien a su propia casa».
Hay quien me ha comentado que Adán y Eva tuvieron un Padre Perfecto y aún así, pecaron. Como siempre, no hay padres perfectos en esa tierra. Todos tuvimos padres y madres que cometieron errores con nosotros. El ejemplo de la vida es lo que habla más alto. Aunque nuestros padres nos dicen cómo debemos hacer las cosas bien, su vida es lo que imitamos. «Obedecemos» sus acciones mucho más que sus palabras. Entonces, en primer lugar, todos debemos llevar en cuenta que nuestros padres no fueron perfectos aunque hicieron lo mejor que sabían.
En segundo lugar, muchos padres salieron de hogares muy disfuncionales. Es un hecho comprobado que la mayoría de las personas que entran a profesiones de ayuda, salieron de hogares disfuncionales, donde hubo alcoholismo, adulterio, violencia, peleas, divorcios, etc. Gloria a Dios que nos ha rescatado de las situaciones difíciles que vivíamos. La ironía es que si creemos que Dios nos rescató de ahí, ¿porque pensamos que al hacernos padres esos modelos y su influencia en nosotros acabaron? Si no buscamos una sanidad activamente, vamos repetir eses modelos en nuestras nuevas familias, aunque no queramos. «Nunca debemos subestimar el poder de la forma conocida de vivir». Dios tiene el poder de romper modelos pasados, pero nos toca también aprender nuevas maneras de lidiar con nuestros hijos, que sean sanas y sanadoras.
Como padres – seamos transparentes – tenemos vergüenza de confesar que nuestros hijos están en pecado. Tememos a la crítica de los miembros de la iglesia, de su reproche, de la acusación que nosotros no hemos sabido criar a nuestros hijos. Por un lado, a veces no supimos realmente hacer lo mejor. Tuvimos modelos inadecuados. Quizás nos dedicamos tanto al ministerio que ignoramos las necesidades emocionales de nuestros familiares. Las necesidades de los demás nos robaron el tiempo con nuestros hijos (y esposos). Cuando nuestros hijos se desvían, recién nos damos cuenta de nuestro pecado de omisión.
Otras veces, quizás fuimos demasiado duros y legalistas, exigiendo por fuerza humanas, que nuestros hijos se «encajasen» dentro de un modelo imaginario que cargamos en nuestra imaginación. Nuestros hijos son igualitos a los demás hijos: tienen las mismas necesidades emocionales, espirituales y físicas. Necesitan comer, estudiar Y NUESTRO CARIÑO, TIEMPO Y ATENCION
Por otro lado, a veces hacemos lo mejor, y aún así, nuestros hijos no son este modelo perfecto. Es que Dios les dio a ellos también el don del libre albedrío. Leí en un libro de Earl Wilson, que cuenta su historia de restauración después del adulterio. Un día le vino a ver su papá, ya cuando su proceso de recuperación estaba más adelantado. Su padre le dijo, «Yo sé por qué cometiste adulterio». Y el «Psicólogo Doctor Líder» reaccionó con sorpresa a sus palabras. «¿Si, Papá? Dime por que piensas que lo hice». Respondió su padre, con la sabiduría y sencillez de sus años: «Porque quisiste».
Nuestros hijos también pecan porque quisieron. A pesar de todo lo que les enseñamos, el tiempo que gastamos con ellos, las oraciones constantes y diarias por su protección y bien estar, la verdad es que a veces nuestros hijos eligen otro camino. Nuestro corazón se rompe con el dolor de sus decisiones pecaminosas. Sufrimos con las consecuencias del pecado en sus vidas y a veces en las vidas de sus hijos, nuestros nietos.
¿Qué hacer? Mi primera pregunta es ¿cómo hace nuestro Padre con nosotros cuando pecamos? ¿Deja de amarnos? ¡Jamás! Tampoco hace de cuenta que no pasó nada. Dios nos trata con misericordia y justicia. Él es nuestro Ejemplo, pero no siempre sabemos cómo hacerlo de la manera perfecta y equilibrada que Él hace con nosotros.
¿Qué hacemos cuando descubrimos que nuestro hijo está metido en la homosexualidad? ¿Cuándo nuestra hija sale embarazada y un matrimonio apresurado es aún peor? ¿Cuándo nuestros hijos se están drogando, tomando y viviendo una vida de adicción?
Creo que la mayoría llora, se enoja, no quiere creer en lo que está pasando. Quizás algunos intentan esconder la verdad para evitar la dura crítica que suele venir cuando el pecado se hace público.
¿Qué debemos hacer? Creo que siempre viene un tiempo de duelo al descubrir que nuestro hijo o hija posiblemente no va a cumplir con los sueños que tuvimos para ellos. Todos deseamos lo mejor para ellos, según nuestro punto de vista, por supuesto, y según la verdad de Dios que es siempre buena, perfecta y ofrece protección de los males que acarrea el pecado y sus consecuencias. Admitir que esto nos está pasando es una de las más duras realidades de la vida de un papá o mamá, pero es absolutamente necesario. Dios no niega nuestro pecado. Tampoco debemos hacer de cuenta que no pasa nada con nuestros hijos.
Dios nos sigue amando, a pesar de nuestro pecado. Este es nuestro ejemplo: amar nuestros hijos sin aprobar su pecado. Quizás este es el desafío más duro y difícil en lidiar con un hijo en pecado. Hay que confrontarlos en amor, cuando las ganas son de darles una paliza o echarles de la casa o darles la bronca de sus vidas. No debemos tragar nuestras iras, pero no es lo más adecuado desahogarlas en cima de nuestros hijos. En estos momentos, nuestros amigos y familiares deben ser nuestro apoyo más grande. Podemos derramar nuestro corazón en oración delante de Dios (y debemos hacerlo), pero necesitamos nuestros amigos, aquellos que podrán escuchar nuestro dolor, orar con nosotros cuando ni siquiera logramos orar en medio de tanta aflicción. Son los amigos que nos aceptan sin juzgar, que dan más apoyo y menos opinión.
Cómo lidiar con la conducta de nuestros hijos es más complejo. No debemos aprobar su conducta, pero tenemos que aceptar que ellos han tomado decisiones que no nos gustan. Cuando ellos están arrepentidos de lo que hicieron, se hace más fácil, porque podemos ir trabajando juntos la restauración de la relación, y ayudarles a recuperar sus vidas. Cuando ellos insisten en seguir en el pecado, nos toca orar más y hablar menos.
Finalmente, si pudiéramos ser más transparentes como padres, admitir la situación de nuestros hijos a las personas con quienes convivimos, creo que los demás también aprenderían a ser más honestos con sus situaciones. Los miembros de la iglesia sabrían que aquí está un líder que realmente entiende lo que estamos pasando.
La vergüenza muchas veces nos impide de lidiar mejor con la situación, pero la vergüenza no viene de Dios. La vergüenza hiere nuestro orgullo: la noción que puedo ser un modelo perfecto por mi esfuerzo. Jesús dijo que Dios conoce profundamente a nuestros corazones. No hace falta mantener las apariencias. Dios hace que el pecado aparezca para que se pueda enfrentarlo en la vida de las personas que amamos (¡incluyendo la nuestra…!) Quiere que aprendamos a odiar al pecado por las consecuencias dañinas que trae a la vida, pero sin jamás dejar de amar al pecador. Son en estos momentos tan duros que aprendemos a amar como Dios nos ama, con gracia, inmerecidamente, simplemente porque nuestros hijos son nuestros, nos pertenecen y no porque hayan hecho gran cosa para que los amáramos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario